«Creio para compreender e compreendo para crer melhor» (Santo Agostinho, Sermão 43, 7, 9) (Santo Agostinho, Sermão 43, 7, 9)

16
Set 08
Eis um bom exemplo a seguir por todos dentro das capacidades e no âmbito das suas vocações, não desistirmos, não deixar para os outros e buscar com apaixonada perseverança divulgar o riquíssimo legado de Jesus Cristo Nosso Senhor. A propagação da Sua mensagem aos que ainda não tiveram a graça de a conhecer é tão importante como o pão para boca, pois Ele nunca nos abandona.

(JPR)


«Continuemos a rezar pela expansão apostólica da Obra em todo o mundo, tanto nos lugares onde já nos encontramos como naqueles onde esperam por nós. Falei-vos da Roménia, Indonésia e Vietname; também da Bulgária nos chegam chamamentos premen­tes. A aventura que se nos apresenta é apaixonante, cada um no lugar onde Deus o colocou. Levá­‑la-emos a cabo, com a ajuda de Nossa Senhora, se pessoalmente nos esforçamos por tornar mais intensa a união com Jesus ressuscitado, de Quem nos vem toda a fortaleza. Peçamo-la por intercessão de S. Josemaría: (…) e a sua ajuda paterna fará com que sejamos almas eucarísticas em maior grau».

(Carta pastoral de Abril 2008 – D. Javier Echevarría)
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15
Set 08
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publicado por spedeus às 12:36

É preciso aceitar o que Deus nos revela sobre si mesmo, sobre nós mesmos e sobre a realidade que nos circunda, também a invisível, inefável e inimaginável.
Este acto de aceitação da verdade revelada, alarga o horizonte do nosso conhecimento e permite-nos alcançar o mistério no qual a nossa existência está imergida.
Não se concede facilmente um consentimento a este limite da razão.
E é precisamente aqui que a fé se manifesta na sua segunda dimensão:
a de se entregar a uma pessoa, não a uma pessoa comum, mas a Cristo.
É importante aquilo em que cremos, mas ainda mais importante é Aquele em quem cremos.

(Creio em um só Deus – comentado por Bento XVI)
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«Os privilégios singulares e extraordinários da Santíssima Virgem, são o de ter sido isenta do pecado original e o de ser a Mãe de Deus. Quanto a este último, Jesus nos disse: "Aquele que faz a vontade de meu Pai que está nos Céus, esse é meu irmão, irmã, mãe" (Mat 12, 50)».«Por outro lado, nós somos mais felizes do que Ela, Maria, pois... Ela não teve a Santíssima Virgem para amar!... O que representa uma delícia a mais, para nós, e uma delícia a menos, para Ela!»


(Santa Teresa do Menino Jesus [1873-1897], carmelita, doutora da Igreja)
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14
Set 08
Desculpar-me-ão eventuais erros, mas acabo de ver e ouvir em directo o Santo Padre dirigindo-se aos Bispos de França, embora correndo o risco de não valorizar o todo, que abordou o Sacerdócio e as suas dificuldades, a Família, que afirmou encontrar-se no meio da borrasca, numa referência à tempestade descrita nos Santos Evangelhos, mas que Jesus é como sempre foi o nosso Salvador, os jovens, recordando a recente viagem à Austrália e as precedentes de João Paulo II e a “luta” pela liberdade na sociedade francesa, recordando a sua viagem em 2004 por altura do sexagésimo aniversário da II Guerra Mundial, que foi a celebração da vitória da liberdade e que o Senhor sempre protegeu e protegerá aqueles que defendem a liberdade religiosa.

Como leigo, casado, foi-me particularmente caro ouvir a defesa intransigente do Sacramento do Matrimónio e a reafirmação que a Igreja não pode alterar o que foi instituído por Jesus Cristo Nosso Senhor, ainda que manifestando o maior carinho e apoio espiritual para com aqueles que a vida levou ao divórcio e segundo casamento civil.

Certamente que em breve surgirão traduções da importante intervenção de Bento XVI.


(JPR)

Discurso completo publicado pela Radio Vaticana em língua espanhola

Señores Cardenales,Queridos Hermanos en el Episcopado

Ésta es la primera vez desde el comienzo de mi Pontificado que tengo la alegría de encontraros a todos juntos. Saludo cordialmente a vuestro Presidente, Cardenal André Vingt-Trois, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. También saludo con mucho gusto a los Vicepresidentes y al Secretario General y sus colaboradores. Saludo cordialmente a cada uno de vosotros, Hermanos en el Episcopado, venidos desde todos los rincones de Francia y de ultramar (incluyendo a Monseñor François Garnier, Arzobispo de Cambrai, que celebra hoy en Valenciennes el milenio de Notre-Dame du Saint-Cordón).

Me alegra estar aquí esta tarde con vosotros en el hemiciclo «Santa Bernadette», lugar ordinario de vuestras plegarias y reuniones, donde exponéis vuestras preocupaciones y esperanzas, lugar de vuestros debates y reflexiones. La sala está situada en un lugar privilegiado, cerca de la gruta y las basílicas marianas. Por supuesto, las visitas ad limina permiten reuniros periódicamente con el Sucesor de Pedro en Roma, pero en este momento que estamos viviendo, se nos da la gracia de reafirmar los estrechos vínculos que nos unen al compartir el mismo sacerdocio procedente directamente del de Cristo redentor. Os animo a seguir trabajando en unidad y confianza, en plena comunión con Pedro, que ha venido a confirmar vuestra fe. Ahora tenéis muchas preocupaciones. Me consta que os tomáis a pecho trabajar en el nuevo marco definido por la reorganización del mapa de las provincias eclesiásticas, y me alegra profundamente. Quisiera aprovechar esta oportunidad para reflexionar con vosotros sobre algunos temas que sé que son centro de vuestra atención.

La Iglesia –Una, Santa, Católica y Apostólica– os ha hecho nacer por el Bautismo. Os ha llamado a su servicio; a él habéis dedicado la vida, primero como diáconos y sacerdotes, después como obispos. Os manifiesto toda mi estima por esta entrega personal: a pesar de la magnitud de la tarea, que subraya el honor que comporta –honor, onus–, cumplís con fidelidad y humildad la triple función que os es propia con respecto a la grey que se os ha encomendado: enseñar, gobernar, santificar, a la luz de la Constitución Lumen gentium (nn. 25-28) y del Decreto Christus Dominus. Sucesores de los Apóstoles, representáis a Cristo al frente de las diócesis que se os han confiado, y os esforzáis por plasmar la imagen de Obispo dibujada por san Pablo; habéis de crecer continuamente en este sentido, para ser siempre «hospitalarios, amigos de lo bueno, de sanos principios, justos, fieles, dueños de sí, apegados a la doctrina cierta y a la enseñanza sana» (cf. Tt 1,8-9). El pueblo cristiano debe teneros afecto y respeto. La tradición cristiana ha hecho hincapié desde el principio en este punto: «Los que son de Dios y de Jesucristo, están con el Obispo», decía san Ignacio de Antioquía (Ad Phil., 3,2), que añadía también: «A quien el dueño de la casa haya mandado para la administración de la casa, hay que recibirlo como al que lo ha mandado (Ad Ef. 6, 1). Vuestra misión, espiritual sobre todo, consiste, pues, en crear las condiciones necesarias para que los fieles puedan «cantar al unísono por Jesucristo un himno al Padre» (ibíd., 4, 2) y hacer así de su vida una ofrenda a Dios.

Estáis convencidos con razón de que la catequesis es de fundamental importancia para acrecentar en cada bautizado el gusto de Dios y la comprensión del sentido de la vida. Los dos principales instrumentos que tenéis a disposición, el Catecismo de la Iglesia Católica y el Catecismo de los Obispos de Francia son valiosas bazas. Dan una síntesis armoniosa de la fe católica y permiten anunciar el Evangelio con una fidelidad correspondiente a su riqueza. La catequesis no es tanto una cuestión de método, sino de contenido, como indica su propio nombre: se trata de una comprensión orgánica (kat-echein) del conjunto de la revelación cristiana, capaz de poner a disposición de la inteligencia y el corazón la Palabra de Aquel que dio su vida por nosotros. Así, la catequesis hace resonar en el corazón de todo ser humano una sola llamada siempre renovada: «Sígueme» (Mt 9,9). Una esmerada preparación de los catequistas permitirá la transmisión íntegra de la fe, a ejemplo de san Pablo, el más grande catequista de todos los tiempos, al que miramos con admiración particularmente en este segundo milenio de su nacimiento. En medio de sus preocupaciones apostólicas, exhortaba de este modo: «Vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina sana, sino que, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos; y, apartado el oído de la verdad, se volverán a las fábulas» (2 Tm 4, 3-4). Conscientes del gran realismo de sus previsiones, os esforzáis con humildad y perseverancia en hacer caso a sus recomendaciones: «Proclama la Palabra, insiste a tiempo y destiempo [...] con toda paciencia y deseo de instruir» (ibíd., 4, 2).

Para llevar a cabo eficazmente esta tarea, necesitáis colaboradores. Por eso se han de alentar más que nunca las vocaciones sacerdotales y religiosas. He sido informado sobre las iniciativas emprendidas animosamente en este campo, y quisiera dar todo mi apoyo a quienes, como Cristo, no tienen miedo de invitar a los jóvenes o menos jóvenes a ponerse al servicio del Maestro que está ahí y llama (cf. Jn 11, 28). Quisiera agradecer cordialmente y alentar a todas las familias, parroquias, comunidades cristianas y movimientos de la Iglesia que son la tierra fértil que da el buen fruto de las vocaciones (cf. Mt 13, 8). En este contexto, no deseo omitir mi agradecimiento por las innumerables oraciones de los verdaderos discípulos de Cristo y de su Iglesia, entre los que se hallan: sacerdotes, religiosos y religiosas, ancianos o enfermos, también reclusos, que durante décadas han elevado sus plegarias a Dios para cumplir el mandato de Jesús: «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9,38). El Obispo y las comunidades de fieles deben, por lo que les concierne, favorecer y acoger las vocaciones sacerdotales y religiosas, apoyándose en la gracia otorgada por el Espíritu Santo para el necesario discernimiento. Sí, queridos Hermanos en el Episcopado, seguid llamando al sacerdocio y a la vida religiosa, como Pedro echó las redes por orden del Maestro, tras pasar una noche de pesca sin obtener nada (cf. Lc 5,5).

Nunca se repetirá bastante que el sacerdocio es esencial para la Iglesia, por el bien mismo del laicado. Los sacerdotes son un don de Dios para la Iglesia. No pueden delegar sus funciones a los fieles en lo que se refiere a las misiones que les son propias. Queridos Hermanos en el Episcopado, os invito a seguir solícitos para ayudar a vuestros sacerdotes a vivir en íntima unión con Cristo. Su vida espiritual es el fundamento de su vida apostólica. Exhortadles con dulzura a la oración cotidiana y a la celebración digna de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación, como lo hacía San Francisco de Sales con sus sacerdotes. Todo sacerdote debe poder sentirse dichoso de servir a la Iglesia. A ejemplo del cura de Ars, hijo de vuestra tierra y patrono de todos los párrocos del mundo, no dejéis de reiterar que un hombre no puede hacer nada más grande que dar a los fieles el cuerpo y la sangre de Cristo, y perdonar los pecados. Tratad de estar atentos a su formación humana, intelectual y espiritual, y a sus recursos para vivir. Pese a la carga de vuestras gravosas ocupaciones, intentad encontraros con ellos regularmente, sabiéndolos acoger como hermanos y amigos (cf. Lumen gentium, 28; Christus Dominus, 16). Los sacerdotes necesitan vuestro afecto, vuestro aliento y solicitud. Estad a su lado y tened una atención especial con los que están en dificultad, los enfermos o de edad avanzada (cf. Christus Dominus, 16). No olvidéis que, como dice el Concilio Vaticano II usando una espléndida expresión de san Ignacio de Antioquía a los Magnesios, son «la corona espiritual del Obispo» (Lumen gentium, 41).

El culto litúrgico es la expresión suprema de la vida sacerdotal y episcopal, como también de la enseñanza catequética. Queridos Hermanos, vuestro oficio de santificar a los fieles es esencial para el crecimiento de la Iglesia. Me he sentido impulsado a precisar en el “Motu proprio” Summorum Pontificum las condiciones para ejercer esta responsabilidad por lo que respecta a la posibilidad de utilizar tanto el misal del Beato Juan XXIII (1962) como el del Papa Pablo VI (1970). Ya se han dejado ver los frutos de estas nuevas disposiciones, y espero el necesario apaciguamiento de los espíritus que, gracias a Dios, se está produciendo. Tengo en cuenta las dificultades que encontráis, pero no me cabe la menor duda de que podéis llegar, en un tiempo razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la túnica inconsútil de Cristo no se desgarre todavía más. Nadie está de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de poder sentirse en ella “como en su casa”, y nunca rechazados. Dios, que ama a todos los hombres y no quiere que ninguno se pierda, nos confía esta misión haciéndonos Pastores de su grey. Sólo nos queda darle gracias por el honor y la confianza que Él nos otorga. Por tanto, esforcémonos por ser siempre servidores de la unidad.

¿Qué otros temas requieren mayor atención? Las respuestas pueden variar de una diócesis a otra, pero hay sin duda un problema particularmente urgente que aparece en todas partes: la situación de la familia. Sabemos que el matrimonio y la familia se enfrentan ahora a verdaderas borrascas. Las palabras del evangelista sobre la barca en la tempestad en medio del lago se pueden aplicar a la familia: «Las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua» (Mc 4,37). Los factores que han llevado a esta crisis son bien conocidos y, por tanto, no me demoraré en enumerarlos. Desde hace algunas décadas, las leyes han relativizado en diferentes países su naturaleza de célula primordial de la sociedad. A menudo, las leyes buscan acomodarse más a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien común de la sociedad. La unión estable entre un hombre y una mujer, ordenada a construir una felicidad terrenal, con el nacimiento de los hijos dados por Dios, ya no es, en la mente de algunos, el modelo al que se refiere el compromiso conyugal. Sin embargo, la experiencia enseña que la familia es el pedestal sobre el que descansa toda la sociedad. Además, el cristiano sabe que la familia es también la célula viva de la Iglesia. Cuanto más impregnada esté la familia del espíritu y de los valores del Evangelio, tanto más la Iglesia misma se enriquecerá y responderá mejor a su vocación. Por otra parte, conozco y aliento ardientemente los esfuerzos que hacéis para dar vuestro apoyo a las diferentes asociaciones dedicadas a ayudar a las familias. Tenéis razón en mantener, incluso a costa de ir contracorriente, los principios que son la fuerza y la grandeza del Sacramento del Matrimonio. La Iglesia quiere seguir siendo indefectiblemente fiel al mandato que le confió su Fundador, nuestro Maestro y Señor Jesucristo. Nunca deja de repetir con Él: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6). La Iglesia no se ha inventado esta misión, sino que la ha recibido. Ciertamente, nadie puede negar que ciertos hogares atraviesan pruebas, a veces muy dolorosas. Habrá que acompañar a los hogares en dificultad, ayudarles a comprender la grandeza del matrimonio y animarlos a no relativizar la voluntad de Dios y las leyes de vida que Él nos ha dado. Una cuestión particularmente dolorosa es la de los divorciados y vueltos a casar. La Iglesia, que no puede oponerse a la voluntad de Cristo, mantiene con firmeza el principio de la indisolubilidad del matrimonio, rodeando siempre del mayor afecto a quienes, por los más variados motivos, no llegan a respetarla. No se pueden aceptar, pues, las iniciativas que tienden a bendecir las uniones ilegítimas. La Exhortación Apostólica Familiaris consortio ha indicado el camino abierto por una concepción respetuosa de la verdad y de la caridad.

Queridos Hermanos, sé bien que los jóvenes están en el centro de vuestras preocupaciones. Les dedicáis mucho tiempo, y hacéis bien. Como bien sabéis, acabo de encontrarme con una multitud de ellos en Sidney, durante la Jornada Mundial de la Juventud. He apreciado su entusiasmo y su capacidad para dedicarse a la oración. Incluso viviendo en un mundo que les halaga y estimula sus bajos instintos, cargando ellos también el lastre bien pesado de herencias difíciles de asumir, los jóvenes conservan una lozanía de espíritu que me ha admirado. He hecho un llamamiento a su sentido de responsabilidad, invitándoles a apoyarse siempre en la vocación que Dios les concedió el día de su Bautismo. “Nuestra fuerza es lo que Cristo quiere de nosotros”, decía el Cardenal Jean-Marie Lustiger. Durante su primer viaje a Francia, mi venerado Predecesor transmitió a los jóvenes de vuestro País un mensaje que no ha perdido nada de su actualidad, y que fue acogido entonces con un fervor inolvidable. “La permisividad moral no hace feliz al hombre”, proclamó en el Parque de los Príncipes entre aplausos atronadores. El buen sentido que inspiró esa sana reacción de su auditorio, no ha muerto. Ruego al Espíritu Santo que hable al corazón de todos los fieles y, en general, al de todos vuestros compatriotas, para darles -o hacerles ver- el gusto de llevar una vida según los criterios de una felicidad verdadera.

En el Eliseo, mencioné el otro día la originalidad de la situación francesa, que la Santa Sede desea respetar. En efecto, estoy convencido de que las Naciones nunca deben aceptar que desaparezcan lo que forma su identidad propia. En una familia, sus miembros, aun teniendo el mismo padre y la misma madre, no son sujetos indiferenciados, sino personas con su propia individualidad. Esto vale también para los Países, que han de estar atentos a salvaguardar y desarrollar su propia cultura, sin dejarse absorber nunca por otras o ahogarse en una insulsa uniformidad. “La nación es, en efecto -retomando las palabras del Papa Juan Pablo II- la gran comunidad de los hombres qué están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura. La nación existe ‘por’ la cultura y ‘para’ la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan ‘ser más’ en la comunidad” (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, n. 14). En esta perspectiva, resaltar las raíces cristianas de Francia permitirá a cada uno de los habitantes de este País comprender mejor de dónde viene y adónde va. Por tanto, en el marco institucional vigente y con el máximo respeto por las leyes en vigor, habrá que encontrar una nueva manera de interpretar y vivir en lo cotidiano los valores fundamentales sobre los que se ha edificado la identidad de la Nación. Vuestro Presidente ha hecho alusión a esta posibilidad. Los presupuestos sociopolíticos de la antigua desconfianza o incluso de hostilidad se desvanecen paulatinamente. La Iglesia no reivindica el puesto del Estado. No quiere sustituirle. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos y no puede limitarse a sí misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad común. Gracias a una sana colaboración entre la comunidad política y la Iglesia, realizada con la conciencia y el respeto de la independencia y de la autonomía de cada una en su propio campo, se lleva a cabo un servicio al ser humano con miras a su pleno desarrollo personal y social. Diversos puntos, primicias de otros que podrán añadirse según sea necesario, han sido ya examinados y resueltos en el ámbito de la “Comisión de Diálogo entre la Iglesia y el Estado”. De ésta forma parte naturalmente, en virtud de la misión que le es propia y en nombre de la Santa Sede, el Nuncio Apostólico, que está llamado a seguir activamente la vida de la Iglesia y su situación en la sociedad.

Como sabéis, mis Predecesores, el Beato Juan XXIII, que fue Nuncio en París, y el Papa Pablo VI, instituyeron Secretariados que, en 1988, se convirtieron en el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y en el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Pronto se añadieron la Comisión para las Relaciones con el Hebraísmo y la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Musulmanes. Estas estructuras son una especie de reconocimiento institucional y conciliar de un sinnúmero de iniciativas y actividades anteriores. Comisiones o consejos similares existen ya en vuestra Conferencia Episcopal y en vuestras diócesis. Su existencia y su funcionamiento demuestran la voluntad de la Iglesia de continuar desarrollando el diálogo bilateral. La reciente Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso ha puesto de relieve que el verdadero diálogo requiere, como condición fundamental, una buena formación en quienes lo promueven y un discernimiento clarificador para avanzar poco a poco en el descubrimiento de la Verdad. El objetivo del diálogo ecuménico e interreligioso, diferentes obviamente por su naturaleza y finalidad respectivas, es la búsqueda y la profundización de la Verdad. Se trata de una tarea noble y obligatoria para todo hombre de fe, pues Cristo mismo es la Verdad. Construir puentes entre las grandes tradiciones eclesiales cristianas y el diálogo con otras tradiciones religiosas, exige un esfuerzo real de conocimiento recíproco, porque la ignorancia destruye más que construye. Además, no es más que la Verdad la que permite vivir auténticamente el doble mandamiento del amor que nos dejó nuestro Salvador. Ciertamente, hemos de seguir con atención las diversas iniciativas emprendidas y discernir las que favorecen el conocimiento y el respeto recíproco, así como la promoción del diálogo, y evitar las que llevan a callejones sin salida. No basta la buena voluntad. Creo que es bueno comenzar por escuchar, pasar después a la discusión teológica, para llegar finalmente al testimonio y al anuncio de la misma fe (Cf. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, 3 de diciembre de 2007. n. 12). Que el Espíritu Santo os conceda el discernimiento que debe caracterizar a todo Pastor. San Pablo recomienda: “Examinadlo todo, quedándoos con lo bueno” (1 Ts 5,21). La sociedad globalizada, multicultural y multirreligiosa en que vivimos, es una oportunidad que el Señor nos da para proclamar la Verdad y llevar a la práctica el Amor, con el fin de llegar a todo ser humano sin distinción, más allá incluso de los límites de la Iglesia visible.El año anterior a mi elección a la Sede de Pedro tuve la alegría de venir a vuestro País para presidir las ceremonias conmemorativas del sexagésimo aniversario del desembarco en Normandía. Pocas veces como entonces, sentí el apego de los hijos e hijas de Francia por la tierra de sus antepasados. Francia celebraba entonces su liberación temporal, tras una guerra cruel que se cobró muchas víctimas. Lo que conviene ahora es lograr una auténtica liberación espiritual. El hombre necesita siempre verse libre de sus temores y de sus pecados. El hombre debe aprender o reaprender constantemente que Dios no es su enemigo, sino su Creador lleno de bondad. Necesita saber que su vida tiene un sentido y que, al final de su recorrido sobre la tierra, le espera participar por siempre en la gloria de Cristo en el cielo. Vuestra misión es llevar a la porción del Pueblo de Dios confiada a vuestro cuidado al reconocimiento de este final glorioso. Quisiera que vierais aquí mi admiración y gratitud por todo lo que hacéis por avanzar en esta dirección. Estad seguros de mi oración cotidiana por cada uno de vosotros. Y creedme si os digo que nunca dejo de pedir al Señor y a su Madre que os guíen en vuestro camino.

Queridos Hermanos en el Episcopado, con alegría y emoción os encomiendo a Nuestra Señora de Lourdes y a Santa Bernadette. El poder de Dios se ha manifestado siempre en la debilidad. El Espíritu Santo ha lavado siempre la suciedad, regado lo árido, enderezado lo torcido. Cristo Salvador, que ha tenido a bien convertirnos en instrumentos para transmitir su amor a los hombres, nunca dejará de haceros crecer en la fe, la esperanza y la caridad, para daros el gozo de llevar a Él un número creciente de hombres y mujeres de nuestro tiempo. A la vez que os confío a su fuerza de Redentor, os imparto a todos y de corazón una afectuosa Bendición Apostólica.

publicado por spedeus às 19:34


Foi uma mensagem de esperança que Bento XVI quis deixar em Lourdes, na Missa deste Domingo em que a Igreja celebra a Exaltação da Cruz. O Papa começou por evocar a significação deste mistério: “Deus amou tanto o mundo que lhe deu o seu filho único, para que os homens sejam salvos. O Filho de Deus fez-se vulnerável, tomando a condição de servo, obediente até à morte, e morte de cruz. È pela sua Cruz que somos salvos”.

“Elevando os olhos para o Crucificado, nós adoramos Aquele que veio tirar o pecado do mundo, dando-nos a vida eterna. E a Igreja convida-nos a elevar com santo orgulho esta Cruz gloriosa para que o mundo possa ver até aonde chegou o amor do Crucificado por todos os homens. Dando assim graças a Deus porque de uma árvore que trazia a morte, surgiu de novo a vida”. Bento XVI recordou que, na primeira aparição a Bernardette, foi com o sinal da Cruz que Maria deu início àquele encontro. “Mais do que um simples sinal, é uma iniciação aos mistérios da fé que Bernardete recebe de Maria. O sinal da Cruz é de algum modo a síntese da nossa fé, por nos diz como Deus nos amou. Diz-nos que, no mundo, há um amor mais forte do que a morte, mais forte do que as nossas debilidades e os nossos pecados. A potência do amor è mais forte do que o mal que nos ameaça”.

“Foi o mistério da universalidade do amor de Deus por todos os homens que Maria veio recordar aqui, em Lourdes. Ela convida todos os homens de boa vontade, todos os que sofrem no coração ou no corpo, a elevar os olhos para a Cruz de Jesus, para aí encontrar a nascente da vida, a nascente da salvação”.

“Para acolher nas nossas vidas esta Cruz gloriosa, a celebração do jubileu das aparições de Nossa Senhora a Lourdes faz-nos entrar num processo de fé e de conversão. Maria vem hoje ao nosso encontro para nos indicar os caminhos de uma renovação da vida das nossas comunidades e de cada um de nós”.

“A vocação primeira do santuário de Lourdes é a de ser um lugar de encontro com Deus na oração, e um lugar de serviço dos irmãos, nomeadamente pelo acolhimento dos doentes, dos pobres e de todas as pessoas que sofrem. Neste lugar, Maria vem até nós como mãe, sempre disponível às necessidades dos seus filhos. Através da luz que emana do seu rosto, è a misericórdia de Deus que transparece.”

“A mensagem de Maria è uma mensagem de esperança para todos os homens e mulheres do nosso tempo, de todo e qualquer país. Apraz-me invocar Maria como estrela de esperança. Nos caminhos da nossa vida, tantas vezes sombrios, ela è uma luz de esperança que nos ilumina e nos orienta na nossa marcha. Pelo seu Sim, pelo dom generoso de si mesma, ela abriu a Deus as portas do nosso mundo e da nossa história. Ela convida-nos a viver como ela numa esperança invencível, recusando dar ouvidos aos que pretendem que estamos encarcerados na fatalidade. Ela nos acompanha com a sua presença materna no meio dos acontecimentos da vida das pessoas, das famílias e das nações. Felizes os homens e as mulheres que põem a sua confiança n’Aquele que, no momento de oferecer a sua vida para a nossa salvação, nos deu a sua Mãe para que seja a nossa Mãe”.

No final da celebração, pouco faltava ao meio-dia, Bento XVI pronunciou a breve alocução que,como todos os domingos, precede a recitação do Angelus. E fê-lo comentando o sentido do privilégio mariano da Imaculada Conceição, privilégio que (observou), embora a distinga da nossa condição comum, não a afasta de nós, pelo contrário. “Ao passo que o pecado divide, afasta-nos uns dos outros, a pureza de Maria torna-a infinitamente próxima dos nossos corações, atenta a cada um de nós e desejosa do nosso autêntico bem”. Como em todos os santuários marianos, multidões de peregrinos acorrem aos pés de Maria, em Lourdes, para lhe confiarem o que cada um tem de mais íntimo, aquilo que mais tem a peito. Confiam assim ao Coração imaculado de Maria, com simplicidade, em verdade, o que muitos não ousam confiar a mais ninguém.

“Diante de Maria, em virtude da sua pureza, o homem não hesita em mostrar-se na sua fraqueza, em confiar as suas questões e dúvidas, formular as suas esperanças e os seus desejos mais secretos. O amor maternal da Virgem Maria desarma todo e qualquer orgulho. Torna o homem capaz de se ver tal como è e inspira-lhe o desejo de se converter para dar glória a Deus”.

Nas saudações em diversas línguas, após a bênção final, aos diferentes grupos de peregrinos, Bento XVI exprimiu-se também em língua portuguesa.


(Fonte: site Radio Vaticana)
publicado por spedeus às 15:26

Lembrai-Vos, ó piíssima Virgem Maria,
que nunca se ouviu dizer
que algum daqueles
que têm recorrido à vossa protecção,
implorado a vossa assistência,
e reclamado o vosso socorro,
fosse por Vós desamparado.
Animado eu, pois, de igual confiança,
a Vós, Virgem entre todas singular,
como a Mãe recorro,
de Vós me valho e,
gemendo sob o peso dos meus pecados,
me prostro aos Vossos pés.
Não desprezeis as minhas súplicas,
ó Mãe do Filho de Deus humanado,
mas dignai-Vos
de as ouvir propícia
e de me alcançar o que Vos rogo. Amen.
publicado por spedeus às 08:28

publicado por spedeus às 00:04

Oração a Nossa Senhora

Nossa Senhora de Lourdes, quando aparecestes à menina Bernardete, disseste-lhe: «Eu sou a Imaculada Conceição».

Fostes concebida no ventre de Vossa Mãe a Senhora Santa Ana, isenta da mancha do pecado original.

Rogo-Vos, pois sede a minha advogada perante o Vosso Amado Filho. Protegei-me com o vosso manto puríssimo, mais alvo do que a neve.

Dá-nos para que possamos viver em paz e que a concórdia reine entre todos os povos

Ó Maria concebida sem pecado, rogai por nós que recorremos a Vós.
Ó Maria concebida sem pecado, rogai por nós que recorremos a Vós.
Ó Maria concebida sem pecado, rogai por nós, que recorremos a Vós.

Rezar uma Avé Maria e uma Salvé Rainha
publicado por spedeus às 00:03

publicado por spedeus às 00:02

«A humildade é o primeiro passo para a santidade».
«A santidade não é algo reservado a algumas almas eleitas. Todos, sem excepção, estamos chamados à santidade».

(João Paulo II)


«A santidade não consiste em grandes ocupações. Consiste em lutar para que a tua vida não se apague no terreno sobrenatural; em que te deixes queimar até à última fibra, servindo a Deus no último lugar... ou no primeiro: onde Nosso Senhor te chamar».

(Forja 61 – S. Josemaría Escrivá de Balaguer)


«O segredo da santidade á a amizade com Cristo e a adesão fiel à sua vontade».

(Discurso aos seminaristas em 19/VIII/2005 – Bento XVI)

publicado por spedeus às 00:02

publicado por spedeus às 00:01

publicado por spedeus às 00:01

publicado por spedeus às 00:00

«A Cruz não é a pena, nem o desgosto, nem a amargura... É o madeiro santo onde triunfa Jesus Cristo... e onde triunfamos nós, quando recebemos com alegria e generosamente o que Ele nos envia».


(S. Josemaría Escrivá de Balaguer)
publicado por spedeus às 00:00

13
Set 08
publicado por spedeus às 23:59

publicado por spedeus às 21:34

Clique neste link e não perca as cerimónias em directo, além de constante informação com imagens e comentários:

http://eucharistiemisericor.free.fr/index.php?page=television_kto
publicado por spedeus às 19:31


O Papa comentou as leituras da Missa deste Sábado, citando São João Crisóstomo, cuja memória a Igreja* celebra neste dia 13 de Setembro.

Antes de mais, o texto da primeira Carta aos Coríntios em que São Paulo exorta a “fugir ao culto dos ídolos”. O Papa interrogou-se sobre quais são os ídolos do mundo contemporâneo, uma questão a que nenhum homem honesto pode escapar. Por outras palavras: O que é mais importante na minha vida? O que é ocupa o primeiro lugar? “O ídolo é um engano, porque afasta da realidade quem o serve, fechando-o no reino da aparência”. Ora – sublinhou – trata-se duma tentação própria da nossa época: “Tentação de idolatrar um passado que já não existe, esquecendo as suas carências; tentação de idolatrar um futuro que ainda não existe, pensando que o homem é capaz, só com as suas forças, de alcançar na terra a felicidade eterna!”

Ora São Paulo explica que “a cupidez insaciável é uma idolatria” e que “o amor do dinheiro é a raiz de todos os males”. Por outro lado – sublinhou o Papa – “esta condenação radical da idolatria não é de modo algum condenação do idólatra”. “Nunca, nos nossos juízos, devemos confundir o pecado que é inaceitável, e o pecador, cujo estado de consciência nós não podemos julgar, e que, em todo o caso, é sempre susceptível de conversão e de perdão”. Finalmente, citando São Paulo, Bento XVI advertiu que “Deus nunca pede ao homem para sacrificar a sua razão!” “A razão nunca entra em contradição real com a fé! O único Deus, Pai, Filho e Espírito Santo criou a nossa razão e deu-nos a fé, propondo à nossa liberdade que a recebêssemos como um dom precioso. É o culto dos ídolos que desvia o homem desta perspectiva, e a própria razão pode forjar ídolos. Peçamos pois a Deus, que nos vê e escuta, que nos ajude a purificarmo-nos de todos os nossos ídolos, para aceder à verdade do nosso ser, para aceder à verdade do Seu ser infinito”.

Na parte final da homilia da Missa deste Sábado, em Paris, na esplanada dos Inválidos, Bento XVI deteve-se sobre o Mistério Eucarístico, “revelação extraordinária que vem de Cristo, transmitida pelos Apóstolos e por toda a Igreja desde há dois mil anos”. Daqui a exortação do Papa: “Irmãos e irmãs, cerquemos da maior veneração o Sacramento do Corpo e Sangue do Senhor, o Santíssimo Sacramento da presença real do Senhor à sua Igreja e a toda a humanidade. Nada negligenciemos para lhe manifestar o nosso respeito e o nosso amor!” "Elevar o cálice da salvação e invocar o nome do Senhor é precisamente o melhor meio para fugir dos ídolos": "Celebrar a Eucaristia significa reconhecer que só Deus nos pode oferecer a felicidade em plenitude e ensinar-nos os verdadeiros valores, os valores eternos que nunca conhecerão ocaso".

A meio da tarde, o Papa parte para Lourdes, meta principal desta sua viagem apostólica. Por volta das 19 horas, rezará na gruta de Massabielle.

Sexta-feira à tarde, após ter tomado a palavra no Colégio dos Bernardinos perante uma ampla assembleia de personagens da cultura francesa, Bento XVI presidiu à celebração de Vésperas na Catedral de Notre-Dame. No final, dirigiu a palavra aos jovens congregados no adro da Catedral para uma vigília de oração.


(Fonte: site Radio Vaticana)

* Nota: a Igreja Ortodoxa festeja S. João Crisóstomo a 13 de Novembro
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publicado por spedeus às 00:01

João Crisóstomo foi um grande orador no seu tempo. Todos os escritos dizem que multidões se juntavam ao redor do púlpito onde estivesse discursando. Tinha o dom da oratória e era considerado um homem muito culto, combinação de factores relevantes na pregação do Cristianismo.

S. João Crisóstomo nasceu em meados do século IV, em Antioquia (Síria, Ásia Menor) procedente de família muito rica e respeitada pela sociedade e pelo Estado. O seu pai foi comandante das tropas imperiais no Oriente, tendo falecido pouco tempo depois. Mas a sua mãe, Antusa, mulher piedosa e caridosa, canonizada Santa, providenciou que o filho fosse educado pelos maiores mestres do seu tempo, tanto na área científica como na espiritual.

Desde muito jovem, manifestou vocação religiosa e grande inteligência. Só não se tornou eremita no deserto por insistência da mãe. Mas, após a sua morte, já conhecido pela sabedoria, prudência e oratória eloquente, foi viver na companhia de um monge no deserto durante quatro anos.

Baptizou-se aos vinte anos e pelos trinta foi ordenado diácono. Passou dois anos retirado numa gruta sozinho, estudando as Sagradas Escrituras e, então, considerou-se pronto. Voltou para Antioquia e ordenou-se sacerdote.

A sua cidade vivia a efervescência de uma revolta contra o imperador Teodósio I. O povo quebrava estátuas do imperador e de membros da sua família. Teodósio, em troca, agia ferozmente contra tudo e contra todos. Membros do senado estavam presos, famílias inteiras tinham fugido e o povo só encontrava consolo nos discursos e pregações de S. João, chamado por eles de Crisóstomo, i.e.: "boca de ouro". Tanto que foi o incumbido de dar à população a notícia do perdão imperial.

Com o passar dos anos, a fama do santo aumentava e, quando morreu o Bispo de Constantinopla, João foi eleito para sucedê-lo.

Constantinopla era a grande capital do Império Romano, que havia transferido o centro da economia e cultura do mundo de então para a Ásia Menor.

Entretanto para João era apenas um local onde o clero estava mais preocupado com os poderes e luxos terrenos do que os espirituais. Lá reinavam a ambição, a avareza, a política e a corrupção moral. Como Bispo, abandonou, então, os discursos e dispôs-se a enfrentar a luta e, como consequência, a perseguição. Foi Patriarca de Constantinopla durante os últimos seis anos da sua vida.

Arranjou inimigos tanto entre o clero quanto na Corte. Todos, liderados pela imperatriz Eudóxia, conseguiram afastar S. João Crisóstomo do cargo e condená-lo ao exílio.

Porém, a expulsão da cidade provocou revolta tão intensa na população que o Bispo foi trazido de volta para reassumir seu cargo.

Dois meses depois, foi exilado pela segunda vez. Agora, já com a saúde muito debilitada, não tendo resistido e vindo a falecer a 14 de Setembro de 407 (ou 404?) algumas biografias situam a data da sua morte em 404, o exílio de Comane (Turquia).

As suas últimas palavras foram: "Senhor, seja feita a vossa vontade em todas as coisas, assim na terra como no céu."

A sua honra só foi limpa quando morreu a família imperial e voltou a paz entre o clero na Igreja, tendo o Papa ordenado o restabelecimento de sua memória.O corpo de João Crisóstomo foi trazido de volta a Constantinopla em 438, num longo cortejo em procissão solene.

Mais tarde, por volta de 1204, as suas relíquias foram trasladadas para Roma, onde repousam na Basílica de S. Pedro desde o século XVII.

Dos seus numerosos escritos destaca-se o pequeno livro "Sobre o sacerdócio", um clássico da espiritualidade monástica.

S. João Crisóstomo é venerado um dia antes da data de sua morte, em 13 de Setembro, com o título de Doutor da Igreja, sendo considerado um modelo para os oradores clérigos.

S. Pio X proclamou-o patrono dos oradores sagrados, pois deixou-nos cerca de 600 discursos e sermões cheios de realismo, força e espiritualidade inspirando-se muito no Apóstolo S. Paulo:

"Se alguma coisa sei, devo-a ao carinho com que leio diariamente as suas cartas."


(Diversas fontes com edição de JPR)


«Ainda que todo o mundo se perturbe, eu tenho a Sua resposta por escrito, leio a Sua Escritura: esta é a minha muralha, esta é a minha fortaleza.Que diz a Escritura? "Eu estou convosco todos os dias até ao fim do mundo". Cristo está comigo: a quem hei-de temer?»


(Homilias - S. João Crisóstomo)
publicado por spedeus às 00:00

12
Set 08
publicado por spedeus às 23:59


Señor Cardenal,
Señora Ministra de la Cultura,
Señor Alcalde,
Señor Canciller del Instituto de Francia,
Queridos amigos,

Gracias, Señor Cardenal, por sus amables palabras. Nos encontramos en un lugar histórico, edificado por los hijos de san Bernardo de Claraval y que su predecesor, el recordado Cardenal Jean-Marie Lustiger, quiso como centro de diálogo entre la sabiduría cristiana y las corrientes culturales, intelectuales y artísticas de la sociedad actual. Saludo en particular a la Señora Ministra de la Cultura, que representa al Gobierno, así como a los Señores Giscard D’Estaing e Chirac. Asimismo, saludo a los Señores Ministros que nos acompañan, a los representantes de la UNESCO, al Señor Alcalde de París y a las demás Autoridades. No puedo olvidar a mis colegas del Instituto de Francia, que bien conocen la consideración que les profeso. Doy las gracias al Príncipe de Broglie por sus cordiales palabras. Nos veremos mañana por la mañana. Agradezco a la Delegación de la comunidad musulmana francesa que haya aceptado participar en este encuentro: les dirijo mis mejores deseos en este tiempo de Ramadan. Dirijo ahora un cordial saludo al conjunto del variado mundo de la cultura, que vosotros, queridos invitados, representáis tan dignamente.Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología occidental y de las raíces de la cultura europea. He recordado al comienzo que el lugar donde nos encontramos es emblemático. Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente su llamada y vivir mejor su misión. ¿Es ésta una experiencia que representa todavía algo para nosotros, o nos encontramos sólo con un mundo ya pasado? Para responder, conviene que reflexionemos un momento sobre la naturaleza del monaquismo occidental. ¿De qué se trataba entonces? A tenor de la historia de las consecuencias del monaquismo cabe decir que, en la gran fractura cultural provocada por las migraciones de los pueblos y el nuevo orden de los Estados que se estaban formando, los monasterios eran los lugares en los que sobrevivían los tesoros de la vieja cultura y en los que, a partir de ellos, se iba formando poco a poco una nueva cultura. ¿Cómo sucedía esto? ¿Qué les movía a aquellas personas a reunirse en lugares así? ¿Qué intenciones tenían? ¿Cómo vivieron?

Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo. El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra o, como dice Jean Leclercq: en el monaquismo occidental, escatología y gramática están interiormente vinculadas una con la otra (cf. L’amour des lettres et le desir de Dieu, p. 14). El deseo de Dios, le desir de Dieu, incluye l’amour des lettres, el amor por la palabra, ahondar en todas sus dimensiones. Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua. Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio una dominici servitii schola. El monasterio sirve a la eruditio, a la formación y a la erudición del hombre –una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra.

Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37). Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que estemos atentos a Dios (cf. Leclercq, ibid., p. 35). Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente. Como en la escuela rabínica, también entre los monjes el mismo leer del individuo es simultáneamente un acto corporal. «Sin embargo, si legere y lectio se usan sin un adjetivo calificativo, indican comúnmente una actividad que, como cantar o escribir, afectan a todo el cuerpo y a toda el alma», dice a este respecto Jean Leclercq (ibid., p. 21).

Y aún hay que dar otro paso. La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él. Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto. Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: «Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos» (cf. Ibid., p. 229).

En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine –delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas. De ahí se puede entender la seriedad de una meditación de san Bernardo de Claraval, que usa un dicho de tradición platónica transmitido por Agustín para juzgar el canto feo de los monjes, que obviamente para él no era de hecho un pequeño matiz, sin importancia. Califica la confusión de un canto mal hecho como un precipitarse en la «zona de la desemejanza –en la regio dissimilitudinis. Agustín había echado mano de esa expresión de la filosofía platónica para calificar su estado interior antes de la conversión (cf. Confesiones VII, 10.16): el hombre, creado a semejanza de Dios, al abandonarlo se hunde en la «zona de la desemejanza» – en un alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja y así se hace desemejante no sólo de Dios, sino también de sí mismo, del verdadero ser hombre. Es ciertamente drástico que Bernardo, para calificar los cantos mal hechos de los monjes, emplee esta expresión, que indica la caída del hombre alejado de sí mismo. Pero demuestra también cómo se toma en serio este asunto. Demuestra que la cultura del canto es también cultura del ser y que los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental. No se trataba de una «creatividad» privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los «oídos del corazón» las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad.

Para captar de alguna manera la cultura de la palabra, que en el monaquismo occidental se desarrolló por la búsqueda de Dios, partiendo de dentro, es preciso referirse también, aunque sea brevemente, a la particularidad del Libro o de los Libros en los que esta Palabra ha salido al encuentro de los monjes. La Biblia, vista bajo el aspecto puramente histórico o literario, no es simplemente un libro, sino una colección de textos literarios, cuya redacción duró más de un milenio y en la que cada uno de los libros no es fácilmente reconocible como perteneciente a una unidad interior; en cambio se dan tensiones visibles entre ellos. Esto es verdad ya dentro de la Biblia de Israel, que los cristianos llamamos el Antiguo Testamento. Es más verdad aún cuando nosotros, como cristianos, unimos el Nuevo Testamento y sus escritos, casi como clave hermenéutica, con la Biblia de Israel, interpretándola así como camino hacia Cristo. En el Nuevo Testamento, con razón, la Biblia normalmente no se la califica como “la Escritura”, sino como “las Escrituras”, que sin embargo en su conjunto luego se consideran como la única Palabra de Dios dirigida a nosotros. Pero ya este plural evidencia que aquí la Palabra de Dios nos alcanza sólo a través de la palabra humana, a través de las palabras humanas, es decir que Dios nos habla sólo a través de los hombres, mediante sus palabras y su historia. Esto, a su vez, significa que el aspecto divino de la Palabra y de las palabras no es naturalmente obvio. Dicho con lenguaje moderno: la unidad de los libros bíblicos y el carácter divino de sus palabras no son, desde un punto de vista puramente histórico, asibles. El elemento histórico es la multiplicidad y la humanidad. De ahí se comprende la formulación de un dístico medieval que, a primera vista, parece desconcertante: Littera gesta docet – quid credas allegoria… (cf. Augustinus de Dacia, Rotulus pugillaris, 1). La letra muestra los hechos; lo que tienes que creer lo dice la alegoría, es decir la interpretación cristológica y pneumática.

Todo esto podemos decirlo de manera más sencilla: la Escritura precisa de la interpretación, y precisa de la comunidad en la que se ha formado y en la que es vivida. En ella tiene su unidad y en ella se despliega el sentido que aúna el todo. Dicho todavía de otro modo: existen dimensiones del significado de la Palabra y de las palabras, que se desvelan sólo en la comunión vivida de esta Palabra que crea la historia. Mediante la creciente percepción de las diversas dimensiones del sentido, la Palabra no queda devaluada, sino que aparece incluso con toda su grandeza y dignidad. Por eso el «Catecismo de la Iglesia Católica» con toda razón puede decir que el cristianismo no es simplemente una religión del libro en el sentido clásico (cf. n. 108). El cristianismo capta en las palabras la Palabra, el Logos mismo, que irradia su misterio a través de tal multiplicidad. Esta estructura especial de la Biblia es un desafío siempre nuevo para cada generación. Por su misma naturaleza excluye todo lo que hoy se llama fundamentalismo. La misma Palabra de Dios, de hecho, nunca está presente ya en la simple literalidad del texto. Para alcanzarla se requiere un trascender y un proceso de comprensión, que se deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse también en un proceso vital. Siempre y sólo en la unidad dinámica del conjunto los muchos libros forman un Libro, la Palabra de Dios y la acción de Dios en el mundo se revelan en la palabra y en la historia humana.

Todo el dramatismo de este tema está iluminado en los escritos de san Pablo. Qué significado tenga el trascender de la letra y su comprensión únicamente a partir del conjunto, lo ha expresado de manera drástica en la frase: «La pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida» (2 Cor 3, 6). Y también: “Donde hay el Espíritu… hay libertad” (2 Cor 3, 17). La grandeza y la amplitud de tal visión de la Palabra bíblica, sin embargo, sólo se puede comprender si se escucha a Pablo profundamente y se comprende entonces que ese Espíritu liberador tiene un nombre y que la libertad tiene por tanto una medida interior: «El Señor es el Espíritu, y donde hay el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17). El Espíritu liberador no es simplemente la propia idea, la visión personal de quien interpreta. El Espíritu es Cristo, y Cristo es el Señor que nos indica el camino. Con la palabra sobre el Espíritu y sobre la libertad se abre un vasto horizonte, pero al mismo tiempo se pone una clara limitación a la arbitrariedad y a la subjetividad, un límite que obliga de manera inequívoca al individuo y a la comunidad y crea un vínculo superior al de la letra: el vínculo del entendimiento y del amor. Esa tensión entre vínculo y libertad, que sobrepasa el problema literario de la interpretación de la Escritura, ha determinado también el pensamiento y la actuación del monaquismo y ha plasmado profundamente la cultura occidental. Esa tensión se presenta de nuevo también a nuestra generación como un reto frente a los extremos de la arbitrariedad subjetiva, por una parte, y del fanatismo fundamentalista, por otra, Sería fatal, si la cultura europea de hoy llegase a entender la libertad sólo como la falta total de vínculos y con esto favoreciese inevitablemente el fanatismo y la arbitrariedad. Falta de vínculos y arbitrariedad no son la libertad, sino su destrucción.

En la consideración sobre la «escuela del servicio divino» –como san Benito llamaba al monaquismo– hemos fijado hasta ahora la atención sólo en su orientación hacia la palabra, en el «ora». Y de hecho de ahí es de donde se determina la dirección del conjunto de la vida monástica. Pero nuestra reflexión quedaría incompleta si no miráramos aunque sea brevemente el segundo componente del monaquismo, el descrito con el «labora». En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los gentiles, era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de sus manos, no constituye una excepción, sino que sigue la común tradición del rabinismo. El monaquismo ha acogido esa tradición; el trabajo manual es parte constitutiva del monaquismo cristiano. San Benito habla en su Regla no propiamente de la escuela, aunque la enseñanza y el aprendizaje –como hemos visto– en ella se daban por descontados. En cambio habla explícitamente del trabajo (cf. cap. 48). Lo mismo hace Agustín que dedicó al trabajo de los monjes todo un libro. Los cristianos, que con esto continuaban la tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse sin embargo cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con la que defendía su actuar en sábado: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo» (5, 17). El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia. «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo». Dios mismo es el Creador del mundo, y la creación todavía no ha concluido. Dios trabaja. Así el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo. Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, su ethos y su formación del mundo son impensables. Ese ethos, sin embargo, tendría que comportar la voluntad de obrar de tal manera que el trabajo y la determinación de la historia por parte del hombre sean un colaborar con el Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente transformarse en su destrucción.

Comenzamos indicando que, en el resquebrajamiento de las estructuras y seguridades antiguas, la actitud de fondo de los monjes era el quaerere Deum –la búsqueda de Dios. Podríamos decir que ésta es la actitud verdaderamente filosófica: mirar más allá de las cosas penúltimas y lanzarse a la búsqueda de las últimas, las verdaderas. Quien se hacía monje, avanzaba por un camino largo y profundo, pero había encontrado ya la dirección: la Palabra de la Biblia en la que oía que hablaba el mismo Dios. Entonces debía tratar de comprenderle, para poder caminar hacia Él. Así el camino de los monjes, pese a seguir no medible en su extensión, se desarrolla ya dentro de la Palabra acogida. La búsqueda de los monjes, en algunos aspectos, comporta ya en sí mismo un hallazgo. Sucede pues, para que esa búsqueda sea posible, que previamente se da ya un primer movimiento que no sólo suscita la voluntad de buscar, sino que hace incluso creíble que en esa Palabra está escondido el camino –o mejor: que en esa Palabra Dios mismo se hace encontradizo con los hombres y por eso los hombres a través de ella pueden alcanzar a Dios. Con otras palabras: debe darse el anuncio dirigido al hombre creando así en él una convicción que puede transformarse en vida. Para que se abra un camino hacia el corazón de la Palabra bíblica como Palabra de Dios, esa misma Palabra debe antes ser anunciada desde el exterior. La expresión clásica de esa necesidad de la fe cristiana de hacerse comunicable a los otros es una frase de la Primera Carta de Pedro, que en la teología medieval era considerada la razón bíblica para el trabajo de los teólogos: «Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (3,15). (Logos debe hacerse apo-logia, la Palabra debe llegar a ser respuesta). De hecho, los cristianos de la Iglesia naciente no consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que debiera servir para que el propio grupo creciera, sino como una necesidad intrínseca derivada de la naturaleza de su fe: el Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había mostrado en la historia de Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan. La universalidad de Dios y la universalidad de la razón abierta hacia Él constituían para ellos la motivación y también el deber del anuncio. Para ellos la fe no pertenecía a las costumbres culturales, diversas según los pueblos, sino al ámbito de la verdad que igualmente tiene en cuenta a todos.

El esquema fundamental del anuncio cristiano «ad extra» –a los hombres que, con sus preguntas, buscan– se halla en el discurso de san Pablo en el Areópago. Tengamos presente, en ese contexto, que el Areópago no era una especie de academia donde las mentes más ilustradas se reunían para discutir sobre cosas sublimes, sino un tribunal competente en materia de religión y que debía oponerse a la importación de religiones extranjeras. Y precisamente ésta es la acusación contra Pablo: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras» (Hch 17,18). A lo que Pablo replica: «He encontrado entre vosotros un altar en el que está escrito: ‘Al Dios desconocido’. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo» (cf. 17, 23). Pablo no anuncia dioses desconocidos. Anuncia a Aquel, que los hombres ignoran y, sin embargo, conocen: el Ignoto-Conocido; Aquel que buscan, al que, en lo profundo, conocen y que, sin embargo, es el Ignoto y el Incognoscible. Lo más profundo del pensamiento y del sentimiento humano sabe en cierto modo que Él tiene que existir. Que en el origen de todas las cosas debe estar no la irracionalidad, sino la Razón creativa; no el ciego destino, sino la libertad. Sin embargo, pese a que todos los hombres en cierto modo sabemos esto –como Pablo subraya en la Carta a los Romanos (1, 21)– ese saber permanece irreal: Un Dios sólo pensado e inventado no es un Dios. Si Él no se revela, nosotros no llegamos hasta Él. La novedad del anuncio cristiano es la posibilidad de decir ahora a todos los pueblos: Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él. La novedad del anuncio cristiano consiste en un hecho: Él se ha mostrado. Pero esto no es un hecho ciego, sino un hecho que, en sí mismo, es Logos –presencia de la Razón eterna en nuestra carne.

Verbum caro factum est (Jn 1,14): precisamente así en el hecho ahora está el Logos, el Logos presente en medio de nosotros. El hecho es razonable. Ciertamente hay que contar siempre con la humildad de la razón para poder acogerlo; hay que contar con la humildad del hombre que responde a la humildad de Dios.

Nuestra situación actual, bajo muchos aspectos, es distinta de la que Pablo encontró en Atenas, pero, pese a la diferencia, sin embargo, en muchas cosas es también bastante análoga. Nuestras ciudades ya no están llenas de altares e imágenes de múltiples divinidades. Para muchos, Dios se ha convertido realmente en el gran Desconocido. Pero como entonces tras las numerosas imágenes de los dioses estaba escondida y presente la pregunta acerca del Dios desconocido, también hoy la actual ausencia de Dios está tácitamente inquieta por la pregunta sobre Él. Quaerere Deum – buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura.

(Fonte: site Radio Vaticana em español)
publicado por spedeus às 17:58

Foi uma verdadeira “Lectio magistralis”, uma “oração de sapiência” o discurso que Bento XVI pronunciou nesta sexta-feira à tarde, em Paris, no “Colégio dos Bernardinos”, “lugar histórico… edificado pelos filhos de São Bernardo de Claraval”, desejado pelo cardeal Lustiger como “um centro de diálogo da Sabedoria cristã com as correntes culturais intelectuais e artísticas” da sociedade.

Tendo escolhido como tema “Das origens da teologia ocidental e das raízes da cultura europeia”, o Papa deteve-se a reflectir antes de mais sobre a própria natureza do monaquismo ocidental. Em tempos de grande fractura cultural, provocada pela migração dos povos e reformulação de novas nações e estados, os mosteiros foram espaços onde sobreviveram os tesouros da cultura antiga e onde se forjou pouco a pouco uma nova cultura. Como é que tal aconteceu? Que motivação congregava as pessoas nesses lugares? Que desejavam? Como viveram? – interrogou-se Bento XVI, que logo sublinhou que “o objectivo deles era “procurar a Deus”. No meio da confusão daqueles tempos…, os monges desejam a coisa mais importante: … encontrar a própria Vida. Eles queriam passar, das coisas secundárias, às realidades essenciais”. “Por detrás do provisório, procuravam o definitivo”.

E “como eram cristãos, não se tratava de uma aventura num deserto sem caminho, de uma busca em total obscuridade. O próprio Deus colocou marcos no caminho, ou melhor, aplanou as veredas. Por isso a tarefa deles era descobrir o caminho e segui-lo. “Esta via era a sua Palavra que se encontrava oferecida aos homens nos livros das Sagradas Escrituras”.

A busca de Deus requer portanto, intrinsecamente, uma cultura da palavra… O desejo de Deus abarca o amor das letras, o amor da palavra, a sua exploração em todas as direcções… Era precisamente em razão da busca de Deus que se tornavam importantes as ciências profanas que nos indicam os caminhos para a língua. A biblioteca, como também a escola, fazia assim parte integrante do mosteiro”.

Progredindo depois, passo a passo, na sua reflexão sobre o vasto tema escolhido, Bento XVI sublinhou que “a Palavra que abre o caminho da busca de Deus e que é, em si mesma, esse caminho, é uma Palavra que suscita o nascimento de uma comunidade”…

“A Palavra não conduz unicamente no caminho de uma mística individual, mas introduz-nos também na comunidade daqueles que caminham na fé. É por isso que não basta reflectir sobre a Palavra, é preciso igualmente lê-la de maneira justa”.

Fazendo notar que cada vez que no Novo Testamento se fala da Bíblia hebraica (“Antigo Testamento”) se usa o termo “Escrituras” (no plural).

“Este plural sublinha já, claramente, que a Palavra de Deus só chega até nós através da palavra humana, através das palavras humanas, por outras palavras – que é somente na humanidade dos homens que Deus nos fala, através das suas palavras e da sua história”.

O que quer dizer – prosseguiu Bento XVI – que “a Escritura tem necessidade de ser interpretada, tem necessidade da comunidade onde se formou e viveu”. “A estrutura própria da Bíblia constitui um desafio sempre novo colocado a cada geração. Por sua natureza, ela exclui tudo o que hoje em dia se designa como fundamentalismo”.

“A Palavra de Deus nunca está simplesmente presente na mera literalidade do texto. Para a atingir, é necessário uma superação e um processo de compreensão que se deixa guiar pelo movimento interior do conjunto dos textos e, a partir daí, tornar-se igualmente um processo vital”.

Um processo vital que é vivido num “tensão entre o elo da inteligência e o elo do amor”. “Esta tensão entre o elo e a liberdade, que vai bem para além do problema literário da interpretação da Escritura (sublinhou o Papa), determinou também o pensamento e a obra do monaquismo e modelou profundamente a cultura ocidental”.

“Esta tensão apresenta-se de novo à nossa geração como um desafio face aos dois pólos que são, de um lado, o arbitrário subjectivo, do outro, o fanatismo fundamentalista”. Encaminhando-se para a conclusão da sua dissertação, Bento XVI referiu ainda a dupla dimensão da vida monástica – “ora et labora” (reza e trabalha).

Sem esta cultura do trabalho que, com a cultura da palavra, constitui o monaquismo, são impensáveis o desenvolvimento da Europa, o seu ethos e a sua concepção do mundo. A originalidade deste ethos deveria contudo levar a compreender que o trabalho e a determinação da história pelo homem são uma colaboração com o Criador, que têm n’Ele a sua medida”.

Bento XVI concluiu a sua reflexão observando que o objectivo dos monges medievais continua necessário no nosso tempo, com a sua ausência de Deus:

“Uma cultura unicamente positivista, que remetesse para o domínio puramente subjectivo, como não científica, a questão sobre Deus, seria a capitulação da razão, a renúncia às suas mais elevadas possibilidades e portanto o malogro do humanismo, cujas consequências poderiam ser graves.O que fundou a cultura da Europa, a busca de Deus e a disponibilidade para O escutar, permanece ainda hoje em dia o fundamento de toda a verdadeira cultura”.


(Fonte: site Radio Vaticana)
publicado por spedeus às 17:27

Primeiro acto oficial, a visita ao Palácio do Eliseu. Depois de um colóquio com o Presidente Sarkozy, Bento XVI tomou a palavra perante as autoridades do Estado, começando por recordar a primeira razão da sua viagem: a celebração dos 150 anos das aparições de Nossa Senhora, em Lourdes. “Desejo agregar-me à multidão dos inumeráveis peregrinos do mundo inteiro… É uma fé, um amor, que venho celebrar aqui no vosso país…” Bento XVI exprimiu a sua satisfação por ter assim ocasião de “prestar homenagem ao imponente património de cultura e de fé que modelou” a França ao longo dos séculos, oferecendo ao mundo “grandes figuras de servidores da Nação e da Igreja”.

Bento XVI frisou que, aquando da sua visita a Roma, o chefe de Estado francês tinha recordado que “as raízes da França – como as da Europa – são cristãs”, nomeadamente assegurando a “transmissão da cultura antiga através dos monges, professores ou copistas, formação dos corações e dos espíritos no amor do pobre, ajuda aos mais desfavorecidos com a fundação de numerosas congregações religiosas”.


Detendo-se sobre as relações entre a Igreja e o Estado, entre a esfera política e a religiosa, o Papa reconheceu que actualmente a Igreja goza, em França, de um regime de liberdade, e congratulou-se com o “diálogo sereno e positivo” em curso, “que se consolida cada vez mais”. Sinal daquela “laicidade positiva” de que tinha falado o presidente francês na sua visita a Roma.


“Neste momento histórico em que as culturas se entrecruzam cada vez mais, estou profundamente convencido de que se tornou necessária uma nova reflexão sobre o verdadeiro sentido e sobre a importância da laicidade”. Para o Papa, “é fundamental insistir por um lado sobre a distinção entre o político e o religioso, garantindo tanto a liberdade religiosa dos cidadãos como a responsabilidade do Estado para com eles”. Por outro lado, “tomar uma consciência mais clara da função insubstituível da religião para a formação das consciências e da contribuição que ela poderá fornecer, com outras instâncias, à criação de um consenso ético fundamental na sociedade”.


Declarando-se, como Papa, “testemunha de um Deus Salvador, que ama”, Bento XVI afirmou esforçar-se por ser “semeador de caridade e de esperança”. E aqui evocou a precariedade da situação dos jovens, assim como o incremento da “distância entre ricos e pobres”… O Papa declarou a sua convicção de que seria “possível encontrar soluções justas, que, ultrapassando a necessária ajuda imediata, vão ao coração dos problemas, para proteger os pobres e promover a sua dignidade”.


Finalmente uma alusão à União Europeia, de que a França assegura neste semestre a presidência de turno: “Perante o perigo da emergência de antigas desconfianças, de tensões e oposições entre as Nações, que hoje em dia testemunhamos com preocupação, a França, historicamente sensível à reconciliação entre os povos, está chamada a ajudar a Europa a construir a paz nas suas fronteiras e no mundo inteiro”.


Bento XVI fez notar que “é importante promover uma unidade que não pode e não pretende ser uma uniformidade, mas que é capaz de garantir o respeito das diferenças nacionais e das diversas tradições culturais que constituem uma riqueza na sinfonia europeia”, recordando por outro lado que “a própria identidade nacional só se realiza na abertura aos outros povos e através da solidariedade para com todos”.


(Fonte: site Radio Vaticana)

publicado por spedeus às 14:54

«De 12 a 15 de Setembro, Bento XVI estará em França, por ocasião do 150º aniversário das aparições marianas de Lourdes. Acompanhemo-lo espiritualmente na sua viagem e aproveitemos para pedir com insistência por todos os que sofrem, no corpo ou no espírito, para que o Senhor os alivie. Recorramos à intercessão da Virgem Maria, Salus infirmorum, Consolatrix afflictorum, também para que Ela lhes faça compreender que esses sofrimentos – unidos aos de Cristo na Cruz – se tornam muito eficazes para o bem da Igreja e para a salvação das almas».


(Carta de Setembro de 2008 do Prelado do Opus Dei - D. Javier Echevarría)
publicado por spedeus às 08:11

publicado por spedeus às 00:01

«Recebi tudo, e em abundância. Estou bem provido, depois que recebi de Epafrodito a vossa oferta: foi um suave perfume, um sacrifício que Deus aceita com agrado. Em recompensa, o meu Deus proverá magnificamente a todas as vossas necessidades, segundo a sua glória, em Jesus Cristo».

(Filipenses 4, 18-19)

« … que quem distribui esmolas o faça com despreocupação e alegria, já que quanto menos reserve para si, maior será o lucro que obterá»

(Sermão 10 sobre a Quaresma – São Leão Magno)
publicado por spedeus às 00:00

11
Set 08

O livro foi colocado à venda em Portugal hoje com edição da D. Quixote, estando prevista a sua saída no Brasil pela Língua Geral em finais de Outubro.

publicado por spedeus às 13:07

publicado por spedeus às 00:02

«É fácil amar os que estão longe. Mas nem sempre é fácil amar os que vivem ao nosso lado».

(Beata Madre Teresa de Calcutá)


«Dou-vos um novo mandamento: que vos ameis uns aos outros; que vos ameis uns aos outros assim como Eu vos amei. Por isto é que todos conhecerão que sois meus discípulos: se vos amardes uns aos outros»

(S. João 13, 34-35)
publicado por spedeus às 00:01

10
Set 08
publicado por spedeus às 16:45

«Ao dar-nos, como nos deu, o seu Filho, que é a sua Palavra – e não tem outra – (Deus) disse-nos tudo ao mesmo tempo e de uma só vez nesta Palavra única e já nada mais tem para dizer. [...] Porque o que antes disse parcialmente pelos profetas, revelou-o totalmente, dando-nos o Todo que é o seu Filho. E por isso, quem agora quisesse consultar a Deus ou pedir-Lhe alguma visão ou revelação, não só cometeria um disparate, mas faria agravo a Deus, por não pôr os olhos totalmente em Cristo e buscar fora d'Ele outra realidade ou novidade».

(Subida del monte Carmelo 2, 22, 3-5 – São João da Cruz)

«A fé cristã não pode aceitar “revelações” que pretendam ultrapassar ou corrigir a Revelação de que Cristo é a plenitude. É o caso de certas religiões não-cristãs, e também de certas seitas recentes, fundadas sobre tais «revelações».

(Catecismo da Igreja Católica § 67)
publicado por spedeus às 00:02

“Não fostes vós que me escolhestes, mas fui eu que vos escolhi a vós, e vos destinei para que vades e deis fruto …” (Jo 15,16). Estas palavras – que são Palavra de Deus –, recolhidas por S. João Evangelista directamente da boca do próprio Cristo, fala-nos simultaneamente de uma obrigação grave de todo o cristão e de uma dimensão fundamental da sua vivência da caridade. Não é possível receber a mensagem do Senhor, torná-la nossa e não se preocupar em dá-la a conhecer aos outros. Sobretudo aos que se cruzam de mais perto nas ruas da nossa vida, isto é, aos que são nossos próximos. Evangelizar ou fazer apostolado é um dever que todos temos de ter em mente e muito bem gravado no coração. Como diz sabiamente o nosso povo, ninguém pretenda ir para o Céu sozinho, sem arrastar almas para lá.

O exemplo e o mandato de Jesus é claro. A sua vida terrena foi um constante apostolado, dizendo a todos os seus discípulos dum modo nítido e prescritivo, pouco antes da sua Ascensão: “Ide por todo o mundo, pregai o Evangelho a toda a criatura” (Mc 16, 15).

Nenhum cristão pode, pois, pôr de lado este ensinamento do Senhor sem negar a sua própria condição de seguidor de Jesus. O mandato é um mandato universal, para todos os homens de todos os tempos. Quem é de Cristo, tem obrigação – e mais do que obrigação – a missão amorosa de viver a caridade, ensinando aos outros o que Ele nos deixou como testemunho da sua palavra e da sua vida.

As desculpas não são sérias nem convincentes: “Os tempos são difíceis”, “as pessoas não querem ouvir”, “os costumes mudaram muito”, etc. Isto mesmo podiam dizer os primeiros cristão e os cristãos de todos os tempos, já que nunca foi fácil evangelizar. Quanta gente não pagou com a sua vida o apostolado que fez, quanta gente não sentiu na pele e na honra o facto de testemunhar a sua adesão incondicional ao Senhor! Não nos esqueçamos que é próprio do verdadeiro cristão ser sinal de contradição e que seguir a Cristo importa pegar na cruz quotidiana. Ora, a cruz era instrumento doloroso de morte corporal e de humilhação de todo o condenado, que se via assim julgado indigno de viver no seu ambiente social. Este rejeitava-o de um modo absolutamente radical, fazendo-o desaparecer do mundo.

O zelo apostólico que nos deve caracterizar, se é verdadeiro, funciona também, até sob o ponto de vista humano, como uma espécie de factor de equilíbrio da nossa própria personalidade. Tendencialmente, inclinamo-nos a viver ensimesmados, de uma forma egoísta e sem grandes horizontes, para além daqueles que nos dita a nossa comodidade, o nosso desejo de boa imagem e a relevância habitualmente excessiva que nos atribuímos. O apostolado leva-nos a pensar nos outros, a querer o seu bem por excelência e a dar às nossas problemáticas o seu real lugar: se eu devo amar o próximo como a mim mesmo – diz-nos Jesus comentando os mandamentos fundamentais da Lei de Deus – tenho que dar às questões alheias a mesma qualidade e intensidade de importância com que me ocupo das minhas. Além de que, por dever e por justiça, o “amar a Deus sobre todas as coisas”, conduz-nos a colocar as coisas que Deus quer que nós realizemos no topo das nossas preocupações. Entre estas, não podemos pôr a um canto a ordem de apostolado que Jesus deixou para todos nós.

E não se pense que, apesar das dificuldades que se tenham de enfrentar, não sentiremos a grande satisfação, não já de cumprir um mandato divino, mas de ver com os nossos olhos como a graça actua e as pessoas melhoram, ao tornarmo-nos “semeadores de paz de alegria”, de acordo com a frase tão chamativa de S. Josemaría. É que, diz-nos o profeta Isaías, “Os meus escolhidos não trabalharão em vão" (Is 65, 23). E Deus nunca falha nas suas promessas.

Está um ano laboral a começar. Tantas ocasiões que o Senhor nos vai dar para comunicar aos outros a alegria de Jesus. Não percamos esta oportunidade para fazermos um bom exame de consciência, procurar pôr de lado razões sem fundamento que não passam de respeitos humanos, e lançar-nos a falar de Deus aos nossos amigos e conhecidos. Nossa Senhora, Rainha dos Apóstolos, lembrar-nos-á o exemplo extraordinário de S. Paulo, no seu ano comemorativo. E apoiará a nossa boa vontade com a sua intercessão poderosíssima.


(Pe. Rui Rosas da Silva – Prior da Paróquia de Nossa Senhora da Porta Céu em Lisboa in Boletim Paroquial de Setembro, título da responsabilidade do autor do blogue)
publicado por spedeus às 00:01

publicado por spedeus às 00:00

09
Set 08
publicado por spedeus às 11:40

Obrigado por Ti, pois sem Ti nada faria sentido na minha vida e andaria perdido sem rumo e na ignorância do Reino doa Céus.

Obrigado por Ti, pois sem Ti não saberia viver a Caridade, a Esperança e a Fé em Ti, que és um só Deus em unidade com o Pai e o Espírito Santo.

Obrigado por Ti, pois sem Ti não conheceria os Santos Evangelhos e consequentemente os Teus Mandamentos, nomeadamente o de amar o próximo como a nós mesmos.

Obrigado por Ti, pois sem Ti não conheceria a primeira Tenda da Nova Aliança, Maria Santíssima, que com todo o amor maternal Te concebeu na graça do Divino Espírito Santo.

Obrigado por Ti, pois sem Ti a Virgem Santíssima Tua Mãe não nos haveria sido concedida como nossa Mãe também.

Obrigado por Ti, pois sem Ti não existiria a Tua Una, Santa, Católica e Apostólica Igreja aonde encontro o meu porto de abrigo nos momentos de fraqueza ou de dificuldade.

Obrigado por Ti, pois sem Ti Pedro, Madalena, Paulo, Agostinho, Tomás, Teresa, Clara, Brígida, Josemaría e todos os Santos e Santas ser-me-iam desconhecidos e o exemplo e amor deles por Deus Nosso Senhor não me seria dado a conhecer e a viver.

Obrigado por Ti, pois sem Ti não existiria a Obra de Deus que me guia, forma e ensina a melhor conhecer-Te, viver-Te e receber-Te na Sagrada Eucaristia.

Obrigado por Ti, pois sem Ti não compreenderia que seria possível o mais nobre e altruísta acto de amor que foi a Tua Paixão e Morte na Cruz para a remissão dos meus pecados e toda a humanidade.


(JPR, Teu filho graças à Tua infinita misericórdia e bondade)
publicado por spedeus às 00:02

publicado por spedeus às 00:01

«Por Cristo e em Cristo se esclarece o enigma da dor e da morte».

(Gaudium et spes, 22)


«Como amava a Vontade de Deus aquela doente que atendi espiritualmente!: via na doença, longa, penosa e multíplice (não tinha nada são), a bênção e as predilecções de Jesus; e, ainda que afirmasse na sua humildade que merecia castigo, a terrível dor que em todo o seu organismo sentia não era castigo, era uma misericórdia.Falámos da morte. E do Céu. E do que havia de dizer a Jesus e a Nossa Senhora... E de como dali "trabalharia" mais que aqui... Queria morrer quando Deus quisesse... - Mas - exclamava, cheia de alegria - ai, se fosse hoje mesmo! Contemplava a morte com a alegria de quem sabe que, ao morrer, vai ter com o seu Pai».

(Forja 1034 – S. Josemaría Escrivá de Balaguer)
publicado por spedeus às 00:00

08
Set 08
publicado por spedeus às 18:04

«Deus não está ligado a pedras, mas liga-se a pessoas vivas. O “sim” Maria abre-lhe espaço em que pode erguer a sua tenda. Ela torna-se para Deus a tenda, e assim é o início da Santa Igreja que, por seu lado, é antecipação da nova Jerusalém, em que já não há Templo porque o próprio Deus nela habita»

(Joseph Ratzinger in ‘Maria primeira Igreja’ – Joseph Ratzinger e Hans Urs von Balthasar)
publicado por spedeus às 00:03

publicado por spedeus às 00:02

«Quando te vires com o coração seco, sem saber o que hás-de dizer, recorre com confiança a Nossa Senhora. Diz-Lhe: "Minha Mãe Imaculada, intercede por mim!".Se a invocares com fé, Ela far-te-á saborear - no meio dessa secura - a proximidade de Deus».

(Sulco 695 – S. Josemaría Escrivá de Balaguer)
publicado por spedeus às 00:01

publicado por spedeus às 00:01

«Dá "toda" a glória a Deus. - "Espreme" com a tua vontade, ajudado pela graça, cada uma das tuas acções, para que nelas não fique nada que cheire a humana soberba, a complacência do teu "eu".» São Josemaría Escrivá – Caminho, 784 O ‘Spe Deus’ tem evidentemente um autor que normalmente assina JPR e que caso se justifique poderá assinar com o seu nome próprio, mas como o verdadeiramente importante é Deus na sua forma Trinitária, a Virgem Santíssima, a Igreja Católica e os seus ensinamentos, optou-se pela discrição.
NUNC COEPI - Blogue sugerido para questões de formação, doutrina, reflexões e comportamento humano
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